Es participar en un auténtico proceso de desarrollo y construcción personal. Una participación que en lenguaje educativo consiste en crear condiciones pedagógicas y sociales para que dicha construcción se lleve a cabo de una forma óptima. Con ello se abre la posibilidad de mirar más complejamente los procesos educativos. Estos no deben restringirse a la preparación en determinados saberes, sino que ante todo deben comprenderse como procesos de formación de una cultura ciudadana pluralista, democrática y solidaria. Educar en valores hoy es formar ciudadanas y ciudadanos auténticos que sepan asumir conscientemente los retos de la globalización y puedan comprometerse en la construcción de un mundo más justo, más inclusivo, equitativo e intercultural.
Érase una vez una isla en donde habitaban todos los sentimientos, la alegría, la tristeza y muchos más, incluyendo el amor. Un día, se les avisó a los moradores que la isla en la que vivían se iba a hundir; rápidamente todos los sentimientos se apresuraron a salir de la isla, se metieron en sus barcos y se preparaban a partir, pero el amor se quedó porque quería estar un rato más con la isla que tanto amaba, antes de que se hundiese. Cuando por fin estaba ya casi ahogándose, el amor comenzó a pedir ayuda; en eso venía la riqueza y el amor dijo: riqueza, llévame contigo !! No puedo, hay mucho oro y plata en mi barco, y no tengo espacio para ti, contesto la riqueza; el amor le pidió ayuda a la vanidad, que también venía pasando. Vanidad, ayúdame por favor !! No puedo ayudarte amor, tu estás todo mojado y vas a arruinar mi barco nuevo; entonces el amor le pidió ayuda a la tristeza: tristeza, me dejas ir contigo ? Ay amor! estoy tan triste que prefiero ir solita; también paso la alegría, pero ella estaba tan alegre que no escucho al amor cuando este le pedía ayuda; ya desesperado, el amor comenzó a llorar y fue ahí cuando una voz lo llamó y le dijo: Ven amor, yo te llevo. Era un viejito, pero el amor estaba tan feliz que se le olvidó preguntarle su nombre y al llegar a tierra firme, el amor le preguntó a la sabiduría: sabiduría, quien era el viejito que me trajo hasta aquí? y la sabiduría respondió: Era el tiempo. El tiempo? pero porqué solo el tiempo me quiso traer? y la sabiduría respondió: porque solo el tiempo es capaz de ayudar y entender a un gran amor.
La tolerancia es la disposición cívica a convivir armoniosamente con personas de creencias diferentes y aún opuestas a las nuestras, así como con hábitos sociales o costumbres que no compartimos.
La tolerancia no es mera indiferencia sino que implica en muchas ocasiones soportar lo que nos disgusta: por supuesto, ser tolerante no impide formular críticas razonadas ni obliga a silenciar nuestra forma de pensar para no "herir" a quienes piensan de otro modo. La tolerancia es de doble dirección, es decir que el precio de no prohibir o impedir la conducta del prójimo tiene como contrapartida que éste se resigne a objeciones o bromas de quienes tienen preferencias distintas.
Ser tolerante no es ser débil sino ser lo suficientemente fuerte y estar lo suficientemente seguro de las propias elecciones como para convivir sin escándalo ni sobresalto con lo diverso, siempre que se atenga a las leyes.

Fernando Savater. Copyright Clarín y Fernando Savater, 2007.
  • Una escuela que forma ciudadanos solidarios y responsables se apoya tanto en las actitudes de los profesores y maestros como en los contenidos científicos para lograr la formación integral sustentada en principios éticos.
  • La educación necesaria para lograr la formación de un ciudadano responsable y solidario debe en primer lugar ser niveladora, permitiendo a cada individuo apropiarse de los saberes y aptitudes necesarios para insertarse en la sociedad según las características de su singularidad se lo permitan.
Formar personas es formar ciudadanos y los docentes debemos asumirlo como nuestra responsabilidad

  • ¿Cómo se hace para que los alumnos se interesen por el problema moral? Una manera de ir al encuentro de la respuesta sería volver la mirada hacia el proceso de socialización: cada miembro de la sociedad tiene un sentido de pertenencia que lo liga a sus semejantes. Es en la defensa y el refuerzo de esos lazos que la educación debería poner su acento para alcanzar el interés de los alumnos por la moralidad. La educación hace que el niño se sienta miembro de comunidades de diferente extensión, desde la familia a la nación y la humanidad. Podríamos creer que la primera tarea de la educación moral es formar al niño como ser humano y luego inculcarle los valores de la ciudadanía, sin embargo ambas cosas no pueden hacerse por separado, ya que en el proceso de socialización se hace imperativo transmitir de diversas maneras el sentido de pertenencia a una sociedad, y en esa tarea es indispensable el tratamiento de valores que tienen directa relación con la noción de ciudadanía. De aquí que se haga posible sostener la afirmación inicial: formar personas es formar ciudadanos.
  1. Independientes e inmutables: son lo que son y no cambian, por ejemplo: la justicia, la belleza, el amor.
  2. Absolutos: aquellos valores que no están condicionados o atados a ningún hecho social, histórico, biológico o individual. Un ejemplo puede ser los valores como la verdad o la bondad.
  3. Inagotables: no hay ni ha habido persona alguna que agote la nobleza, la sinceridad, la bondad, el amor. Por ejemplo, un atleta siempre se preocupa por mejorar su marca.
  4. Subjetivos: los valores tienen importancia al ser apreciados por la persona, su importancia es sólo para ella, no para los demás. Cada cual los busca de acuerdo con sus intereses.
  5. Objetivos: los valores son también objetivos porque se dan independientemente del conocimiento que se tenga de ellos. Sin embargo, la valoración es subjetiva, es decir, depende de las personas que lo juzgan. Por esta razón, muchas veces creemos que los valores cambian, cuando en realidad lo que sucede es que las personas somos quienes damos mayor o menor importancia a un determinado valor.

Los valores son características morales que toda persona posee, tales como la humildad, la piedad y el respeto; así como todo lo referente al género humano.


La familia y la formación en valores
La familia desempeña en los primeros años de la vida del individuo una función de excepcional relevancia, porque canaliza su relación con la realidad del mundo. Los padres constituyen la principal referencia para la socialización de los hijos, mediante la transmisión de creencias, valores y actitudes, que incidirán en su desarrollo personal y social. Sin embargo, en la sociedad actual los hijos pasan mucho tiempo en contacto con otros agentes de socialización y la familia no monopoliza ya esa función. Este cambio de situación se produce por causas diversas, entre las que cabe apuntar cierta inseguridad de los adultos a la hora de definir modelos de futuro para sus hijos. El repliegue de algunas familias, que delegan sus responsabilidades en el centro educativo, coincide con la preocupación generalizada de los padres por aportar a sus hijos los instrumentos necesarios para defenderse en el mundo laboral. En este contexto, la atención al adiestramiento técnico parece dejar en un segundo plano la formación en valores morales. Es evidente que la escuela tiene, junto a la misión de transmitir saberes, la de formar personas capaces de elaborar un proyecto de vida personal orientado sobre valores de equidad, autonomía y solidaridad.